La adolescencia es una etapa de descubrimientos. El cuerpo cambia, la mente se expande y, con ello, surge una pregunta silenciosa: ¿Quién soy yo? En medio de esta búsqueda, la imagen corporal se vuelve un punto clave. No solo se trata de cómo los chicos se ven en el espejo, sino de cómo se sienten en su piel y cómo creen que los demás los perciben.

Cuando el espejo ya no es suficiente

Antes, los adolescentes se miraban en el espejo de su habitación; hoy, también se miran en la pantalla del celular. Los filtros de redes sociales transforman rostros, corrigen imperfecciones y ofrecen una versión idealizada de la apariencia. El problema es que esa versión editada puede convertirse en un estándar imposible, dejando la sensación de que lo real nunca es suficiente.

La presión por alcanzar esa perfección digital puede afectar la autoestima, generar comparaciones dolorosas y, en algunos casos, abrir la puerta a problemas emocionales más serios como ansiedad, aislamiento o trastornos alimentarios.

La importancia de hablarlo

Aquí los adultos juegan un papel esencial. Hablar con los adolescentes sobre los filtros y la realidad que esconden, animarlos a mirarse con amabilidad y recordarles que su valor no depende de un “like”, puede marcar una gran diferencia. Cada conversación es como un ancla que les ayuda a no perderse en el mar de apariencias.


En conclusión:

Es como cuando alguien se detiene frente a un lago tranquilo: si el agua está agitada, el reflejo se ve distorsionado y uno podría pensar que su rostro está deformado. Pero cuando el lago se calma, la imagen que devuelve es clara y verdadera.

Así también, cuando acompañas a tu hijo adolescente con palabras que le transmiten calma, confianza y aceptación, le ayudas a que el reflejo que vea de sí mismo sea más nítido. La invitación es a estar presentes, a conversar, a recordarles con ejemplo, acciones y con amor que SU AUTENTICIDAD siempre vale más que cualquier filtro.

Un abrazo fuerte para ti.
Psic. Lulú Carlín